martes, 8 de marzo de 2016

Etapa 38 (329) Kerdruc-Concarneau


Etapa 38 (329). 15 de julio de 2012, domingo. Cumpleaños de mi madre.
Kerdruc-Port Manec’h-Plage Rospico-Plage Raguénez-Pointe Trevignon-Plages Kerouini y Kerdallé (nudistas)-Plage Kerlëren-Concarneau.

Hoy, si estuviera viva, celebraríamos el cumpleaños de mi madre. Este día me suele gustar llamar a mi hermana Sagrario. Una vez que salga del Aven a la costa, iré por ella pero, tras visitar la playa de Kerlëren, en vez de entrar a Concarneau por la costa, que me habría obligado a coger barco para pasar a la ciudadela fortificada, lo haré por interior, dejando la ciudad vieja para verla entrando desde el puerto y disfrutar cenando allí después de haber descargado mis mochilas en el albergue juvenil. No sé si acertada o desacertadamente, pero es el recorrido que he hecho y así os lo voy a ofrecer.




Amanece en Kerdruc.
Aunque duermo bien, no va a empezar muy bien el día. Amanece y, desde mi cama, saco foto. Digo que he dormido bien, pero he notado el suelo duro del cemento. La razón es que estoy más delgado y los huesos de las caderas se muestran más sensibles. Me he levantado tres veces a orinar. El suelo sucio y musgoso me ha obligado a orinar en el hueco de la puerta lugar que, en otras condiciones, no me hubiera gustado hacerlo. Cada vez que vuelvo a acostarme, hincho la esterilla, que se va desinflando sola. Son las 6:10 horas y aguanto un poco más en la cama. El último tramo de la noche lo he hecho sentado, apoyando la espalda en la mochila. Un pino se recorta oscuro con fondo de cielo bastante plomizo.
 

Ya levantado y con todo recogido, saco otra foto más bonita con el puerto de Rosbras desde el lado de Kerdruc. Al fondo, junto al embarcadero, se puede ver el chinchorro con el que ayer me trajo Lionel. Una buena muestra de que ayer regresó sano y salvo.
Aunque con marea baja, las nubes con tintes rosáceos, se reflejan en el agua del puerto, dándole unas tonalidades que van del rosa, pasando por el azul y el gris.


En marcha hacia Port Manec’h, buscando el mar
Para las 6:25 ya estoy en marcha. En hora y media no voy a tener humor para más fotos y no haré la siguiente hasta llegar a un camping que, de momento, me salvará. Tomo nota del nombre de Névez, que es el referente más importante de esta zona y donde hay albergue pero que, por estar en interior, no me conviene. Me obligaría a ir hacia el Oeste y yo donde deseo ir es hacia la costa, al Sur. Por tanto, la dirección que me interesa es la de Port Manec’h. Lo primero que debo hacer es encontrar el sendero que viene desde Pont-Aven y que me va a llevar por toda la costa. Un inglés, con perro, me orienta y lo encuentro con cierta facilidad, pero las flechas no me dan garantía de que haya acertado con la dirección que debo seguir. Un coche frena para maniobrar y hacer un cambio de dirección y aprovecho para preguntar a su conductor, quien me reorienta bien. El camino se va metiendo en bosque y, con la oscuridad matutina, me cuesta ver las señales. El sendero empieza a descender y el suelo, con las lluvias fuertes del otro día, está embarrado y hago los posibles por no meter mis sandalias en él. ¡No sé a qué viene tanto miramiento! Lo digo por lo que está a punto de pasarme. El camino desciende tanto que llega al lecho de un río. En realidad es el que alimenta el “anse” (la ensenada) de Poulguin, un ramal de L’Aven. Con la claridad de este lugar despejado de árboles, mis ojos no han detectado un indicador en un árbol de la derecha, donde el camino asciende para evitar el anse. Así que llego a la zona más embarrada, que ya es ensenada.

Tragado por la tierra: arenas movedizas.
Tenía ganas de salir de la zona oscura boscosa y estoy contento de llegar a esta zona más luminosa, pero me doy cuenta de que este limo es peor y más peligroso. No veo señal alguna, pero sí unas pisadas marcadas en la superficie del limo. Las empiezo a seguir, pero en dos pasos noto cómo mis pies se hunden ligeramente. Piso vegetación, en la creencia que me soportará mejor y mantendrá mis pies a flote, pero el siguiente paso hunde más mis pies en aguas cenagosas y miro al frente para ver la continuación. No la encuentro y mis pies se siguen hundiendo. Bruscamente decido girar y retroceder, pero ya no puedo sacar el pie derecho. Hago un esfuerzo mayúsculo, pues no quiero fenecer aquí tragado por la tierra pantanosa. El esfuerzo es tan grande que, cuando consigo sacar el pie, mi cuerpo se desequilibra y caigo al fango, sujetado por manos y hundiendo mis brazos hasta el codo. Es así como consigo salir de esta ciénaga. ¿No voy a aprender nunca? Ya me pasó algo parecido en la Baie de Bonne Anse, antes de llegar al faro de la Coubre, el día que entré en La Charente, como ya os relaté. Aquel día mi cuerpo despedía un olor igual de nauseabundo que el de hoy, pero me pude lavar en el mar. Hoy me falta mucho para llegar a mar abierto y me gustaría desayunar antes pero, con estas pintas y este mal olor, no puedo presentarme en ningún lugar civilizado. Con todo, no me debo quejar. Estoy sano y salvo y, además, he tenido la fortuna de que mi sandalia no ha quedado atrapada y engullida por el cenagal.

El caminante guarro.
Salgo, retrocediendo, al camino. Es ahora cuando veo la señal que no he visto al pasar. Es tarde para lamentos. Voy con pies, piernas, rodillas, manos, manga, reloj y los bajos del pantalón, llenos de barro, de lodo y, en la medida en que va pasando el tiempo y sigo caminando, en estas partes de mi cuerpo y vestuario, el color gris plomizo inicial se va convirtiendo en un gris perla más llevadero que, al irse secando el barro, las partes más gruesas del lodo se van cayendo. Pero eso no me salva, pues sigo estando igual de impresentable. Parezco un pordiosero, un menesteroso. De momento mi barro ofrece una gama de grises que va del gris casi negro al gris perla. No sé lo que pensaría, pero podría servir de modelo a alguna tribu primitiva, a las que les gustaba pintarrajearse para celebrar sus ritos. Como siga así, éste va a ser un rito que va a institucionalizarse en mi camino. Espero que no se enteren ni Santiago, ni San Antonio Machado, que me podrían evaluar y quitar el título de caminante. Con esta peripecia, la prioridad ha cambiado. Ya no va ser el desayuno lo que busco, sino un lugar en el que poder limpiarme de tanta mugre.

El camping de Keraëren.
Paso por barrios periféricos pero no veo fuente alguna. Pienso que un puerto también me puede servir, pero el camino me está llevando por interior. Se ve que no he cogido bien el que me hubiera llevado por el borde de L’Aven. Si no encuentro nada antes, tendré que esperar a la playa de Port-Manec’h, que es la que en mi mapa aparece más próxima a mar abierto. 
 
Pero tengo la suerte de llegar a un camping, el de Keraëren. Son las ocho de la mañana, cuando llego, y a estas horas sólo se ve a los madrugadores. No hay nadie en recepción. Un cliente sale del baño. A otra clienta, aunque está sin gafas, le pido que me saque una foto para el recuerdo. El que ella esté sin gafas, no invalida la foto, ya que está perfecta. Luego veré a otra mujer más, mientras me voy limpiando en la pila, donde me meto con sandalias y todo y me puedo limpiar bastante bien de rodillas para abajo, incluida la parte trasera del muslo derecho. A las que debo dedicar su tiempo es a las sandalias, pues llevan días pasándose por agua. El 13 saliendo de Morbihan y entrando en Le Pouldu, ayer, sumergidas en el chinchorro de Lionel, y hoy, con este remate final. Lavo el reloj, la manga, las correas rojas de la mochilita. Olvido el bolsillito de la máquina fotográfica. Una vez más o menos limpio, bajo hacia la playa, y veo llegar a gente con pan.
 

Visto en la distancia, es probable que el esfuerzo hecho con la pierna derecha para salir de la ciénaga y si tenía alguna herida en el pie derecho, al hundirlo en estas aguas putrefactas, no sería de extrañar que me produjeran el mal que detecté llegando a Audierne y que finalizó en diagnóstico médico en Douarnenez, con tratamiento medicinal. Pero esto ya supone adelantar acontecimientos.




Port-Menec’h (Névez). Hotel du Port.
Primero llego a la Chapelle de Saint Nicholas, que fotografío en dos posiciones. Para acceder a ella hay que subir una escalera, ya que la capilla está en una pequeña loma. Al pie hay otra pequeña construcción bien cuidada. También fotografío la playa, aunque ahora, después del aseo en el camping, ya no me urge tanto el baño pero sí me apremia desayunar.
 

Al fondo de la playa aparecen los cabos de Penquernéo y Kerhermén con las salidas al mar de los dos entrantes felizmente cruzados ayer. Asciendo hacia el pueblo y fotografío el puerto desde la altura. En el Hotel du Port se ven luces entro y por 8,50 € hago un desayuno que casi parece comida. Me he olvidado de coger un huevo duro aunque lo he visto al entrar. He pagado con Visa. En la nota veo que Port-Menec’h pertenece a Névez. 

Escribo próximo al ventanal, donde empieza a pegar el sol de pleno. Parece que en su recorrido por el firmamento, pronto va a dejar de dar y sigo escribiendo. Voy al retrete, cago y, al salir, al ver la afluencia de clientes que llegan a desayunar, propongo cambio de mesa. Me ofrecen una bajita, incómoda para escribir y otra grande redonda, que está entre recepción y la barra del bar.
 

He llegado poco después de las ocho y escribo hasta las 12:20 horas, que es cuando recojo y me voy. Agradezco la información. Se “finí” le “bolí”, y me da otro el responsable del hotel, que se ha enrollado bien conmigo y me ha dado un mapa que me va a servir sólo para una pequeña parte de mi recorrido de hoy. ¡Hay si lo hubiera tenido ayer!, pienso. Pero, recapacito y me digo que lo de ayer me salió tan bien, que un mapa mejor no lo habría podido mejorar. Para lo que me va a servir este mapa será para reconstruir bien el recorrido accidentado de la última hora de ayer, desde que llegué a la playa de Kerfany.
 
También para localizar las aguas cenagosas de esta mañana y el lugar del camping donde me he aseado. Me va a servir para cuando llegue a la playa de Rospico y acabará una vez pasada la isla de Raguénez y el pueblecito de Kercanic, al que no llegaré a entrar.

El dedo de Dios.
Salgo del hotel, ya con el nuevo mapa, pero no sé muy bien hacia dónde debo ir. Todavía en el pueblo, pregunto a dos señores por el sendero costero. Me indican la carretera que está muy próxima y que me acerca al GR-34. Saliendo ya del pueblo, paso por una bonita casa bretona. Una mujer se afana para que luzcan sus plantas, recorta los setos, y alabo su casa unifamiliar y la forma en que ha sido construida. Me recuerda a las barracas de mi amigo Salvador, en el delta del Ebro, donde el tejado es de borró y ella me dice que a esa clase de “paille” (paja) que ponen en el tejado, ellos le llaman “chaume” y a la casa que posee ese tipo de tejado, “chaumière” (choza). Pero nada tiene que ver con lo que nosotros llamamos choza, ya que ésta es una señora casa. Lo que en el País Vasco llamamos choza, suele ser un pequeño cobertizo para albergar ganado y que puede servir como refugio para personas. Digo a la mujer que continúe trabajando y le pido permiso para fotografiar su choza. Me autoriza y me dice que en esos lugares el trabajo nunca falta, que siempre hay alguna tarea para hacer. Me recuerda a lo que ocurre en nuestros caseríos, aunque aquí la tarea que está haciendo esta mujer es más ornamental que productiva.
 

Con el sendero ya cercano, voy bajando hacia el GR-34 y, por la costa, no me falta mucho para llegar a la roca llamada Doigt de Dieu. Hay que echarle cierta imaginación para llamar a ese conjunto de rocas el dedo de Dios. Mirando hacia el fondo, se ve con mayor nitidez la Pointe de Kerhermén, cercana a la playa de Kerfany, por donde pasé ayer por la tarde.



Pointe et plage de Rospico.
Tanto por el dedo de Dios como por donde voy ahora, el sendero se muestra magnífico para caminar. No soy el único que disfruta de él, ya que otros, autóctonos y veraneantes, disfrutan haciendo recorridos. Para muestra los pequeños grupos que me voy encontrando por el camino.
 

Lo sorprendente es no encontrar letreros de “dangereux” (peligroso) y de “interdit” (prohibido). Para cualquier atolondrado, este camino puede ser peligroso y un tropezón puede precipitarle al mar por la “falaise” (acantilado o falla). El acantilado rocoso muy bien podría definir esta costa como salvaje, al menos a mí me parece tan salvaje como la denominada así en la península de Quiberon. El final de las rocas que veo ya me ofrece a lo lejos, la Pointe de Rospico.
 
El sendero GR-34 va a continuar con similares características hasta llegar a la playa de Rospico. Previamente he pasado sobre el cabo (“Pointe”) del mismo nombre. Desde arriba ya estoy viendo gente bañándose y, al fondo, un islote con torre que, según parece, no tiene entidad como para aparecer en mi mapa.

 

Bajo a la playa por sendero protegido por muro que, en realidad, puede decirse que es otra “anse” (ensenada) pero que, en lugar de ser fangosa, como la de esta mañana, tiene arena en su superficie. El agua va canalizada por el lado de poniente, pero ofrece una bonita playa suficientemente ancha como para disfrutar en ella. Hoy el día es soleado, aunque hay alguna nube no amenazante de lluvia. 

Aunque aquí, en Bretaña, la nube más liviana te puede empapar. Lo peor, para mis intenciones de baño desnudo, y no viendo a nadie que lo esté, es que este tipo de playa es muy descarada para hacer nudismo.






No permite un alejamiento del resto de usuarios, así que, una vez vista, trato de eludir el agua que desemboca en el mar y pasar al otro lado.


 

Así lo hago, en la confianza de que la siguiente, la de Raguénez me dé más opciones de baño como a mí me gusta, sin ropa.

Playa e isla de Raguénez.
La costa que sigue, vuelve a ser de rocas y abrupta pero, a lo lejos, ya empieza a verse una playa que parece ser más larga que la que acabo de dejar.
 
En un punto intermedio se ofrecen unos bancos para descanso de los caminantes y para la contemplación del acantilado, del horizonte marino y de lo que se tercie. Superada una loma, ya puedo contemplar la playa en toda su extensión. Me da la impresión de que siguiendo hacia el Oeste, voy a tener más posibilidades, pero no va a ser cierto y, como quiero bañarme y no quiero tener problemas si alguien se siente ofendido por bañarme desnudo, decido, por única vez en todo el viaje, bañarme con bañador. ¡Aunque me jode hacerlo!, todo hay que decirlo.
 

Después, en la arena, ya tengo oportunidad de tomar el sol desnudo, como me lo pide el nudista que llevo dentro. Pero empieza a acercarse gente y, después de un rato, me visto y me voy. Más tarde me voy a encontrar con sorpresa.

 


 
Salgo de la playa ascendiendo por escalera a camino. Aquí, en esta zona del sendero, la afluencia de paseantes es mayor. Me canso de decir “bon jour” y digo algún “arratzaldeon”, pues ya son más de las dos y media y, como he desayunado muy bien, he decidido saltarme la comida de hoy.

 

Playas de Kersidan y Trescaou.
Llego a una zona donde se van combinando suaves acantilados con pequeñas playas, a las primeras las llamo de Kersidan y las fotografío a medida en que me las voy encontrando. La primera, dispone de poca arena seca. Prácticamente, la marea alta la barre y limpia por completo, dejando rastros de algas en la orilla. Hay poca gente y, cuando llego, ningún bañista. Algunos envueltos en toalla y con frío y, la mayoría, sin quitarse la camiseta. Al fondo de la playa, entre rocas, veo a alguien que, hasta podría estar desnudo, pero no es buen lugar para bañarse entre rocas, así que desisto de investigar. 

Llego a la siguiente playa, que ofrece más superficie de arena seca y en la que se ve gente con neoprenos, surfistas y champeros, y continúo a la tercera, donde veo a un pintor, recreando un paisaje marítimo. Ya ha trazado la raya del horizonte y el encuentro de olas y arena, aunque me parece una arena muy rojiza, pero es licencia del pintor interpretar la naturaleza como le venga en gana.
 

La superficie marina ocupa más de la mitad del cuadro. Lo más curioso para mí es la forma de anclar el caballete, para tratar de que el viento no se lleve la obra y la arrastre por la arena, en un momento en que se enfurezca y bufe. Para ello ha colocado con tirantes una bolsa llena de arena que hace de ancla. Mientras, con el pie izquierdo, pisa el listón inferior del caballete. Parece que la caja de los óleos está bien anclada con las patas puntiagudas y no ofrece gran superficie que se pueda ir en volandas.
 
Sigo por la cornisa y llego a tres playas a las que voy a llamar Trescaou, aunque no tengo certeza absoluta de que este sea su nombre, pero mi mapa no me ofrece otra alternativa. También la primera es de las que la marea alta la barre al completo, se puede decir que las rocas la delimitan como en tres playitas, más evidentes también cuando suba la marea.



También aquí se ve a jóvenes con neopreno, pero las olas no me parecen apropiadas ni para surfear, ni para coger champas que arrastren hasta la orilla. Aquí los surfistas estoy seguro de que se aburren. En la segunda, la arena seca permite superficies aptas para tomar el sol y algunos txamperos cogen olas que les llevan a la orilla. 


Esta playa es más amable que la anterior, pero tampoco me quedo en ella. La tercera, y última, es de similares características que la anterior, así que continúo adelante.

La playa de Pleuren 
y el cabo y puerto de Trévignon.
Llego a la siguiente playa y una mujer con perro, que espera a que llegue la gente de su grupo, me informa de que la playa que estoy viendo es la de Pleuren, nombre que no aparece en mi mapa, pero tengo que creer a la dama que me lo ha dicho. Lo que no tengo es certeza de que se escriba así.

En pocos minutos dejo atrás la plage de Pleuren y se me presenta el saliente de tierra que ya aparece en mi mapa como la Pointe de Trévignon, con un castillo al final de lo que se podría considerar una pequeña península. Estar aquí me hace pensar en que puedo llegar al albergue de Concarneau a una hora temprana.
 
Dejo atrás la playita previa y no me acerco al castillo pues, con sus almenas tan recortaditas, me da la impresión de ser una fortaleza de juguete. Algo que, aunque tuviera su momento histórico como enclave defensivo, ahora parece rehecho para atracción de los turistas. Me considero más caminante que turista y no tengo ganas de perder el tiempo en nimiedades.
 

Avanzo un poco y llego al Port de Trévignon y, desde el camino, con muchos paseantes, ya se empieza a ver la playa de Pen Loc’h. Una playa que me produce buenas sensaciones y, aunque no tenga tiempo para castillos, si sacaré tiempo para un baño. Cada cual tiene sus prioridades. Me confirman el nombre del lugar y un hombre me recomienda carretera de segundo orden para llegar a Concarneau. Dudo, pero acabo haciéndole caso. 

Paso el puerto y veo un ancla muy bien anclada a la “route” y, ya junto al mar, unas rocas montadas, unas encima de otras, y que se ofrendan al caminante como una escultura más del paisaje. Por su naturalidad, y no tener nombre tan rimbombante, este conjunto de rocas me gusta más que el Dedo de Dios. Al llegar a la carretera, veo que no tiene arcén, así que regreso al camino.
 

Después de avanzar otro poco, el camino vuelve a la carretera. Cuando voy andando por ella, pasa conduciendo el hombre que me había recomendado ir por allí y me invita a subir a su coche. Como ya le he comentado antes mi forma de viajar, no le sorprende que rechace su invitación, nos despedimos y él continúa hacia su destino. Le digo que no voy por carretera, por no tener arcén, como justificación para no ir por donde él me ha recomendado. Después de tantos titubeos y dudas, finalmente decido ir por el GR-34, por el sendero oficial, que ahora me va a llevar durante un rato por el interior, entre las dunas y las lagunas que empiezan a hacer su aparición a mi derecha.

La playa de Pen Loc’h.
Ya de lejos he visto la plage de Pen Loc’h y, al salir de Trévignon, mi intención era la de ir hacia allí, pero después de tanto titubeo no voy ni por la carretera, ni por la playa. Ya no me queda más remedio que ir por donde el GR-34 me lleve. Una valla protectora de la duna y de la marisma, me impide pasar a la playa de Pen Loc’h, y el otro límite me lo imponen las lagunas, que se comunican entre sí por esclusas, que además hacen de puente por los que transcurre el camino. El sendero es grato, aunque yo me siento ansioso por darme un baño en la playa. Me tengo que aguantar hasta que la valla protectora de la duna me permita el paso. El momento se va acercando cuando una nueva laguna se acerca a la costa y la duna se va estrechando. Por fin, llego a un sendero que atraviesa la duna y es así como llega la sorpresa de las primeras playas nudistas del día.

Las playas nudistas de Kerouini y Kerdallé.
En realidad es una playa larga y no sabré dónde puede estar el límite de una y de la otra. Además me da lo mismo saberlo o no, pues lo que deseo es bañarme y estar un rato echado al sol. Es un lugar idóneo para el nudismo, puesto que es zona alejada, a la que no se puede acceder en coche por ser, las lagunas y las dunas, un espacio de especial protección, una reserva natural. En el camino de acceso me he cruzado con una familia. El padre es de raza blanca, la madre negra y, como nos podemos suponer, las dos hijas también son negras. Se cumple la misma norma que si uno de los progenitores fuera asiático, también los descendientes tendrían rasgos predominantes asiáticos. Pero enseguida se me van al garete mis argumentos, pues veo a una pareja de blancos con dos hijos de raza negra. Probablemente sean adoptivos, o uno o los dos padres tuvieron un ascendiente de raza negra pero, ¿por qué razón no podían haber sido adoptadas las dos niñas negras que he visto antes? A veces, los prejuicios nos juegan malas pasadas. Para que el prejuicio sea juicioso, es preciso el alimento de la buena información. Pero entonces, ya no sería prejuicio. Quizás si hubiese preguntado, habría obtenido la respuesta. ¿Quién podría pensar que dentro de poco vamos a estar los dos hombres desnudos y hablando? Pero, a pesar de tener la oportunidad de hacerlo, no sacio mi curiosidad.
 
 
Para lo único que me sirve la charla con este hombre joven es para saber que la zona nudista se reparte entre las dos playas de Kerouini y Kerdallé. No son playas nudistas oficiales, sino que forman parte de las toleradas pero, por su situación, tienen el mismo rango que las autorizadas. Nadie puede venir aquí a exigir decoro si le disgusta que otros se desnuden. Igual que los nudistas no podemos exigir que se desnude alguien que no quiera hacerlo. Me doy un baño, paseo, hablo con el hombre, regreso a mi sitio, tengo una eyaculación espontánea, me visto y me voy. Saliendo de la playa veo unos quita-vientos con alguna pareja, y también con hombres solos, y sigue llegando gente. El matrimonio de los hijos negros se ha posicionado cerca de unas rocas, las únicas que salían de la playa al mar. A lo mejor éste era el límite, o la conexión, de las dos playas. También se ve gente con niños volando sus cometas y patinadores que surfean agarrados a sus cometas, las que les hacen saltar las olas. Ha quedado un día fantástico. He estado más de una hora en esta magnífica playa y parto, abandonando la costa, hacia el interior. En el camino, veo un precioso lagarto verde amarillento. A pesar del temor de llegar tarde a Concarneau, doy como bien empleado este tiempo. Este capricho lo considero como un regalo.

De la playa de Kerlëren a Concarneau.
He vuelto al sendero y por él llego a la plage de Kerlëren. Voy descalzo hasta donde ya se acaban las lagunas de interior. De la playa de Kerlëren salen unos alemanes y montan en sus bicis. Llevan un mapa muy detallado, propio de quienes prefieren viajar con todo tipo de certezas, y me dicen que siguiendo la ruta, llegaré a Concarneau. Ellos se van con su pedaleo y yo sigo la ruta. Pero, enseguida, veo un camino que, por la dirección, parece que podría suponer un atajo. Ante la incertidumbre, no me atrevo a cogerlo y más tarde veré que debía haberlo hecho y me habría ahorrado unos cuantos kilómetros. Pero ya no tiene remedio. Esta carretera me ha obligado a retroceder. Encuentro a una pareja ciclista. Tanto él, como ella, llevan cuatro cartolas cada uno colgando de sus bicis. Están haciendo un recorrido por la zona y buscan camping para pernoctar. Yo sólo les puedo orientar hacia los albergues, pero esa información no les sirve. Llego a un cruce y veo un indicador hacia Trévignon a la derecha. Es información que me sirve para saber que yo debo tirar hacia la izquierda. Pronto veo el indicador de dirección Concarneau y, enseguida, el de 8 Km al mismo. Con este dato, calculo que puedo llegar allí entre las siete y las 7:30 horas.
 

La carretera pasa junto a los limos que produce un meandro de la riviére Le Minaouét. En la zona limosa, junto a la poca cantidad de agua que este río lleva, chapotean algunas aves. En la “route” se ven algunas líneas verdes, y las sigo hasta que desaparecen. Esta carretera sigue siendo sin arcén, o con alguno en tramos puntuales. Menos mal que se ha hecho un camino natural al pisar otros la hierba de los laterales. No es muy de fiar, pero es un recurso para cuando veo venir de frente algún coche. ¡Vale más morir que perder la vida!
 
Por fin llego a una desviación a la izquierda en que ya pone Concarneau. Como esa dirección ya sé que me lleva a un barco y yo prefiero entrar por el puente, hago caso omiso de ella. Pero cuando ya me está marcando la dirección de Centre Ville y también me manda para la izquierda, me doy cuenta que voy a tener el mismo problema. 


No quiero seguir y veo a una señora que entra en el jardín de su casa. Corro para preguntarle y ella me va a dar las claves para llegar al puente. Me dice que retroceda, siga la carretera y me encontraré con el puente. Agradezco la ayuda y hago lo que ella me ha dicho y, cuando llego al lugar, me cabreo. ¡Por qué cojones pone sólo dirección Quimper! Ya estoy pasando el puente sobre el entrante de mar. Por un lado del puente veo ya el puerto de Concarneau con sus esclusas y por el otro una zona boscosa, tupida de árboles, con castillo y con un bonito y pequeño islote. Es así como entro en la ciudad en la que voy a concluir la jornada.


Concarneau.
Entro en la ciudad y trato de caminar lo más próximo que puedo al mar (Me empieza a fallar el Boli que me han regalado en Port Manec’h). Mi referencia para llegar al albergue juvenil es la de Anciene Abri de Marin.



Pregunto a una pareja de fuera y no sabe decirme, luego a un chico joven, que ya conoce el auberge de jeneusse, me orienta adecuadamente sin necesidad de que le aporte las señas, ni que le mencione el Quai de Croix. Así como en Loriente no las tenía, aquí son muchas las referencias para llegar a destino. Voy caminando por el puerto y, acabando, veo el recinto amurallado que luego sabré que lo llaman la Ville Close. Para las siete y media, como había previsto cuando he visto la señal de 8 Km., ya estoy entrando en el albergue. Para el último empujoncito, me ha ayudado la foto del mismo.

Auberge de Jeneusse.
Cuando llego a recepción, está esperando un chico de entre treinta y cuarenta años. Aparece Sylvie, la recepcionista, y le atiende a puerta cerrada. Ella se tiene que marchar, pero no lo hace sin antes asegurarme de que tengo cama. Tras cinco minutos de espera, Sylvie regresa. Se muestra muy receptiva a mi viaje. Parece que le ha impactado. Más tarde expandirá la buena nueva por el comedor, ante un grupo de clientes. Para quitar importancia a lo que  ella considera mi hazaña, le digo que tenga en cuenta el recorrido que hacen los peregrinos que van desde Bretaña a Compostela, y que también lo diga al grupo de alberguistas. Pero no lo hace. Por un rato, quiere que sea yo el protagonista de la tarde-noche. Los 17 €, más la tasa, 17,38 € los pago con Visa. Para cenar, le pregunto por un sitio adecuado y me da una tarjeta de La Porte au Vin, que está no demasiado alejada. Puerta que consistirá en un hueco, hecho en el muro que rodea la ciudadela, por donde descargaban el vino que venía en los barcos. Sylvie me lleva a la puerta para que haga prueba con la clave de entrada, que hoy es CZ8934, pero no me va a hacer falta, puesto que, cuando regrese de cenar, todavía no habrán cerrado la puerta del albergue. La gente seguirá de cháchara en el gran salón comedor, y todavía les oiré cuando bajo a orinar de madrugada. Se ve que es gente de vacaciones y no tienen que madrugar mañana para ir a caminar. Es evidente que no es un albergue de peregrinos. Otro día, en un albergue de más al norte, coincidiré de compañero de habitación con un cliente de este auberge de jeneusse.

La Ville Close.
Salgo hacia la ciudadela que, en Concarneau, recibe el nombre de Ville Close, traducible por Ciudad Cerrada y que sería un equivalente a la Parte Antigua de la ciudad. Es necesario entrar en este recinto amurallado y rodeado de mar, si quiero cenar donde me han recomendado. Paso la gran portada a través de puente que, en algún tiempo sería levadizo y ahora no lo es. Como ya lo he fotografiado al llegar, poco antes de las 7:30 horas, ahora no lo hago. Entro en el recinto de casas y enseguida encuentro el restaurante, en una especie de plaza o, si no lo es, al menos está donde la calle se ensancha. Aunque esta ciudadela es muy distinta, y las casas toman menos altura, me recuerda algo a Dubrovnik. Más a la ciudad croata que a la gala Guérande.
La Porte au Vin.
Cuando entro hay gente esperando y debo guardar cola. Se ve que es un sitio concurrido y la demanda supera la oferta, al menos en horas punta. Atienden bien el negocio y se ve que los camareros funcionan coordinados y son eficaces, aunque más que por ellos, donde se debe mostrar la eficacia es en la cocina. Si la cocina no diera, la diligencia de los que sirven las mesas se tambalearía. Ya sentado en mesa adecuada para una persona, de la oferta de la carta me atrae un “choucroute” de pescado. Pregunto, y me dicen que consiste en tres tipos de pescado. Uno de ellos no está dentro de los que yo conozco o, al menos, no sé traducirlo a ninguno de los que me ofrecen en mi pescadería. Pero los otros son salmón y sardinas y, la verdad, no me atrae ninguno de los dos en estos momentos. Decido pedir sopa de pescado, que es casi igual en todos los sitios y, aunque no me entusiasma, ya le voy cogiendo el tranquillo y me la apaño a mi gusto, y ensalada de “canard”, que aunque plato frío, el crujiente de pato está caliente. Con todo lo mejor, o lo que me sabe a mí más rico, es el tomate. La sopa de pescado me resulta escasa, pero es la más rica de las que he comido. La acompañan con un cuenquito de queso rallado para echar a la sopa y, como no me gusta la textura que da, al ya de por sí espeso caldo, me lo como directamente y lo primero. Suelen acompañar también con una salsa cremosa que, normalmente, me sabe demasiado fuerte y picante, así que tampoco la suelo echar, y va casi siempre entera de vuelta a la cocina. Pero hoy me parece más suave y me la como con las rebanadas de pan tostado. Me gusta más cuando el pan tostado (mejor frito), me lo presentan en cuadraditos y los voy añadiendo a la sopa paulatinamente, para evitar que se empapen, y se mantengan en su punto crujiente. Hoy añado postre a la cena, puesto que me he saltado la comida, y pido un crepe. Ofrecen uno al que llaman “¿Pourquoi pas?” (¿Porqué no?) y me lo recomiendan. Se trata de un crêpe exclusivo de la casa y cuyo contenido consiste en roquefort y pera. Considero poco acertada esta mezcla, ya que al sabor suave de la pera lo mata el queso. Quizá con una fruta de sabor más fuerte y dulzón, el queso de Roquefort iría mejor. Aquí, este ¿”Pourquoi pas?” sólo sabe a queso. Se podrían haber ahorrado la pera. A la camarera, que se ha interesado por mi viaje, es un postre que le gusta. “Para gustos se han hecho los colores”, dice el refrán. Se podría añadir: “…y los sabores.” Es muy probable que ésta sea la cena más cara de lo que llevo de viaje, pero no lo puedo asegurar. Pago 27,50 € con Visa y no ha sido una cena de demasiado fundamento. Sólo el medio litro de sidra bretona, ya me ha costado 7 €. Me ha gustado más que la que probé en Quimiac. Al salir noto frío y voy con intención de buscar una cabina telefónica para llamar a mi hermana Sagrario y a mi amigo Martín, pero no encuentro ninguna cabina, aunque sí hay infinidad de parquímetros. Pero eso ya lo voy a comprobar cuando salga, del recinto amurallado, al puerto y la ciudad.

Anochecer en Concarneau.
Es ahora cuando saco foto de la plaza en la que está el restaurante donde he cenado y me paseo por el recinto amurallado. Otra foto con otra plaza y una curiosa fuente que también es farola. Todavía los comercios están abiertos, y van a ser las nueve y media de la noche. Es normal. Estamos a mediados de julio. Es la época en que los veraneantes no tienen prisa y a esta hora aún pueden vender algún souvenir.
 
Me acerco a la puerta de salida de la Ville Close, la misma por la que he entrado. Junto a ella se ve un pequeño edificio, cuya función desconozco y, aunque está en el exterior, también se ve la torre con el reloj que supera la muralla y que antes he fotografiado al llegar. Sólo han pasado dos horas y parece que han ocurrido muchas cosas en tan poco espacio de tiempo.
 
Saliendo ya del recinto amurallado, compruebo así mismo que la marea ha bajado mucho y que lo que antes estaba cubierto de agua, ahora ofrece su fondo cenagoso. Los barcos descansan sobre el limo. Estos fondos que el agua no encubre, no consiguen afear el buen aspecto de esta bonita ciudad. De regreso al albergue, sin necesidad de clave para entrar, hablo con la que sustituye a Sylvie por la noche. Llamo por teléfono a mi hermana, pero no me responde ni al fijo ni al móvil. Pasadas las nueve y media, tampoco me parece ya hora apropiada para llamar a Martín. Después de la cena, no tengo ganas de ducharme y lo dejo para mañana. Hago la cama, pero el edredón me parece demasiado pesado y decido extender mi saco abierto por encima de la sábana que, en realidad, es la funda del edredón. Previamente he orinado para expulsar el medio litro de sidra. Aún así me tengo que levantar otra vez de madrugada a orinar. Es cuando oigo voces en el comedor. Duermo bien hasta las seis, que es cuando ya bajo a orinar, pero estoy ya en el nuevo día.

Balance de la jornada que fuera cumpleaños de mi madre.
Tras el percance matutino, del que he salido embarrado y pestilente, y con la suerte de cara al encontrar tan próximo el camping que me ha servido para limpiarme, la jornada ha sido perfecta. El copioso desayuno, donde he escrito y me han atendido tan bien, y el bonito recorrido costero, también se ha complementado con las dos playas nudistas que, en realidad, ha sido sólo una, aunque con dos nombres. Quizás ha sido excesiva la parte final por carretera y la mala señalización para entrar en la ciudad de Concarneau, que parecía que me quería llevar a Quimper. Un buen final con bonita recepción en el albergue, la cena en la Ville Close y el sueño reparador en cama en que sobraba el edredón.

lunes, 7 de marzo de 2016

Etapa 37 (328) Le Pouldu-Kerdruc


Etapa 37 (328). 14 de julio de 2012, sábado.
Le Pouldu-Clohars/Camoël-Doêlan-Merrien-Port Merrien-Moelan sur Mer-Brigneau-Trénez-Kerfany-Port du Bélon-Rosbras-Kerdruc.



Hoy es el día de la fiesta nacional francesa. Celebran la revolución pero, esta Francia por la que paseo, se está volviendo tan conservadora que no sólo no avanza, sino que se va quedando atrás. No sé lo que queda en Francia del espíritu de 1789. En 224 años se les está olvidando que perseguían, sobre todo, la ansiada libertad.
Hay muchas cosas interesantes y bonitas que me van a suceder en este día y mucho que agradecer.



Preparando la estrategia del día.
Durante la noche, me he levantado dos veces a orinar. La manta da un calor excesivo, por lo que, cada vez que me levanto, abro la cama de par en par para que se enfríe un poco. Son las 6:40 cuando me levanto, cago y me tumbo de nuevo, sólo para hacer dos ejercicios de Pilates. Sigo duro de riñones y no consigo eyacular. ¿Un signo más de la edad madura? Dedico un rato a rehacer la mochila. Ayer, tras el chaparrón, lavé las sandalias y anduve por Le Pouldu con las arregladas por Pierre en Parentis, pero hoy ya están secas y me las vuelvo a poner. Guardo las reparadas en el fondo de la mochila, pues quiero que me duren hasta el final. Debo cuidar mi par de repuesto. Como ayer quedé en bajar a desayunar a las ocho, y aún queda tiempo, me pongo a escribir el diario.


No tengo ya postal, sin señas puestas, para felicitar a mi prima Luchy por su cumpleaños, pues nació en Francia en día tan señalado. Lo tendré que hacer con retraso. Me he asomado a la ventana y, sobre la rivière Laita, se ve el cielo que ya va despejando, aunque todavía hay algunas nubes. De todas formas, aquí no me puedo fiar, pues los cambios son repentinos y tan pronto hace sol como empieza a llover sin avisar. A veces llueve sin que haya nubes. No lo entiendo. De momento no me quejo, ya que empiezan a entrar rayos de sol en la habitación. Algo es algo. No sé cómo va a ser la costa que me voy a encontrar a continuación pero, por lo que me dijeron ayer las chicas del comedor, parece que la playa a la que suelen ir, la de Doêlan, no les debe quedar demasiado lejos. No me parece descabellado intentar llegar a Concarneau, pero como en mi viaje el objetivo no es tanto llegar, como disfrutar en el camino, si encuentro una playa agradable en la que estar a gusto, Concarneau tendrá que esperar. La realidad va a ser que llegaré mañana a esa bonita ciudad, pues los accidentes de la geografía gala van a obligarme a hacer kilómetros por aparecer entrantes de mar profundos, como el de Port-Aven, y el de Bélon, que no ofrece con nitidez mi mapa. Tengo ganas de dormir en la playa, para lo que es necesario que el tiempo se estabilice con buena temperatura y sin lluvias. El mapa que llevo abarca la primera parte del Finisterre francés, partiendo del Sur de Le Pouldu, pasando por el Cap Sizun, y llega hasta un poco más al Norte de Douarnenez, donde tendré aventura hospitalaria. Creo que este mapa está bastante bien, pues me señala muchas playas y alguna está entre las nudistas toleradas. Sería interesante encontrar una oficina de turismo para completar con el mapa de Finisterre hasta el final, donde comienza Côtes d’Armor. Aunque me las recomendaron, quizás fuera mi amigo Jokin, creo que no voy a ir a las Îles de Glénan. He visitado ya demasiadas islas y así la costa francesa se me va a hacer interminable. Quizás intentaré visitar la de Ouessant, por el hecho de ser la más occidental del país de los galos. Escribo postal a mi amiga portuguesa Gabriela Ferreira, que está recluida en una residencia de ancianos en Lisboa. ¡A ver cómo se presenta el día de la Fiesta Nacional! Al menos, ayer noche, se pudieron disparar los fuegos artificiales.

Desayuno con diamantes.
Bajo a desayunar. Ya lo ha preparado todo la señora gruesa, con la que la hija de la patrona intercambió unas palabras antes de ofrecerme la habitación por 48 €, con el desayuno incluido. Con la cena fueron 68 € (43+20+5). Le digo “peu de café, et beaucoup de lait” y me saca una jarrita, de la que sobrará mucho café, y otra más grande de leche, de la que no sobrará nada. Me cunde como para llenar dos veces mi taza. A dos trozos de pan abierto los embadurno de mantequilla y mermelada, y también como un croissant. Cuando estoy afanado en la preparación, con mochilonas que ayer no vi, bajan una madre y una hija, a las que puede ver por los pasillos del primer piso anoche. Por lo que me dice la señora que atiende los desayunos, llegaron poco antes que yo, aunque también les pilló la lluvia. Son austriacas. Se sientan en la mesa de atrás y hablo con ellas, suspendiendo a ratos mi desayuno. Luego bajan dos hermanas que parecen germanas y ellas mismas me confirman que son de Alemania. Jenny y Kerstin se ríen mucho y se entienden bien con las austriacas, Johanna, la madre, y Lena, la hija. Se dan dos casualidades, una la de La Jenny, la playa nudista por la que pasé, y que sale a colación al enseñarles mis dibujos, Jenny, mi amiga viajera de Etoski, y Lena, que coincide con el nombre de mi otra amiga portuguesa, Elena, amiga de Gabriela, a la que acabo de escribir esta mañana y que me invitaron a comer en su casa de Troia (Portugal). Mientras las austriacas desayunan, hablo con las alemanas, tras haber propuesto a madre e hija empezar a caminar con ellas. Ellas han aceptado y, cuando terminan su desayuno, partimos juntos con nuestras respectivas mochilas y después despedirnos de la señora y de las hermanas alemanas.

Caminando en compañía: Johanna y Lena
Al salir, voy a depositar en el buzón de La Poste, que está en el propio edificio del hotel, la postal que he escrito y de paso echo también las postales de las alemanas. La señora, tras recoger y limpiar los restos del desayuno, continúa leyendo el periódico. En la espera he escrito a Jorge y Goizargi, pidiéndoles nuevo correo, pues el último e-mail me volvió rechazado, y también la echo en el buzón.
 


Las austriacas quieren empezar el recorrido por el sendero costero, pero estamos en el vértice desde donde ayer se vieron los fuegos de artificio y no hay salida, así que tendremos que demorar para encontrarlo. Los fuegos se lanzaron desde el otro lado del río, de la costa de Morbihan. El sendero es magnífico en su inicio, pero pronto empieza a ascender.

 

Llegamos así a la Tour de Mat Pilot, de la que saco foto, así como del paisaje que nos empieza a ofrecer esta costa salvaje. Con las fotos, madre e hija me adelantan, pero cuando son ellas las fotógrafas, a mi me toca esperar. Pronto llegamos a una pequeña playa muy bonita, pero demasiado rocosa en la marea baja. Quizás sea la marea baja la que la embellece, pero a efectos prácticos resulta más peligrosa que en la alta.
 

Es temprano, y confío en que encontraré playas mejores para bañarme a lo largo del día. No es cómodo viajar con ellas pues se paran mucho, unas veces para quitarse ropa, otras para sacar fotos que se eternizan. Cuando yo saco alguna, las alcanzo enseguida y cuando ellas lo hacen me aburro de esperar.
 
Concarneau no está cerca y pronto me voy a dar cuenta de que va a ser un destino casi inalcanzable. Con Johanna me estoy entendiendo bastante bien. Parece que hasta me comprende cuando incorporo palabras castellanas a mi precario francés. Nos reímos con algunas anécdotas. Ir en compañía me está resultando agradable. Ella, aunque es madre de cuatro hijos, parece una chavalita y, Lena, sorprendentemente, sólo tiene 12 años. Cumplirá 13 el 17 de agosto. Sus otros tres hijos rondan la treintena. Treinta tiene el chico y una de las mayores le acaba de hacer abuela, un bebé de 3 kilos y hace dos semanas que nació. Hablamos de Baleares y yo les recomiendo Menorca y Formentera. A pesar de lo grato de la compañía, necesito más marcha. Como ya sé sus nombres, me despido de ellas, sin que se hayan molestado en pedirme el mío.
De nuevo, caminando en solitario.
Si he disfrutado en compañía, también disfruto caminando en solitario. Llego a un crucero muy bonito que, quizás habría que denominar calvario, pues tiene otros personajes además del crucificado. Como fondo se me ofrece ya la playa de Clohars-Camoël que, después de rodearla, la fotografiaré desde el otro lado más al Oeste.


Esta playa ofrece dos espacios bien diferenciados, separados por unas rocas. Es probable que la zona más a poniente sea la más propicia para practicar nudismo, pero no lo voy a poder comprobar. La playa ofrece bandera azul. Abandono el GR-34 y me meto entre las casas de Clohars-Camoël. Llego a una que me parece sea ermita, por su cruz en la parte superior y una pequeña imagen de una virgen pero, al acercarme compruebo que, si fue capilla alguna vez, ahora está reconvertida para funcionar como vivienda privada.
 


La fotografío para el recuerdo. Cuando camine por Holanda y Alemania, veré otras más espectaculares reconversiones de iglesias. Intento caminos para volver a la costa, pero no me llevan a ninguna parte, así que acabo pidiendo ayuda a una familia. Enseguida me reorientan. Pero no consigo llegar al sendero. Siempre me topo con algún obstáculo que no me permite avanzar hacia él.
 

Acabo metiéndome en un berzal y aterrizo en el camino con cierto atolondramiento, coincidiendo con el momento en que llegan por el GR-34 Johanna y Lena, y nos reímos por lo rápido que se ha producido el reencuentro. Es ahora cuando me preguntan el nombre y hacemos unas risas por la dificultad que tienen al pronunciar la jota. Nos volvemos a despedir y pronto las vuelvo a dejar atrás. 

Ya no nos volveremos a encontrar hasta la playa de Trez-Bellec, en el Sur de la presqu’île de Crozon, pero no es que vayan más rápidas que yo; lo que ocurre es que ellas no van siempre caminando. Me confiezsan que, a veces, hacen auto-stop.

Nadine: “Tu confianza te protege”.
Ya estoy solo de nuevo. Voy pasando acantilados que ofrecen playa, pero luego, durante bastante rato la costa va a ser de rocas y el acantilado más abrupto, hasta llegar al puerto de Doêlan.

Las playas parecen más grandes pero, en realidad, no son mejores que las primeras. Empiezo a comprobar que mi mapa es engañoso y ya no sé si las primeras playas grandes que he visto pertenecen a Clohars o todavía eran de Le Pouldu. Voy parsimonioso y empiezan a caer gotas de lluvia ¡Y yo que me las prometía felices!


Entro al puerto de Doêlan y corro para refugiarme de la lluvia. Va a resultar una lluvia prodigiosa, que va a servir para revelarme un “secreto” de mi personalidad que ya conocía, pero que nunca se me había ofrecido verbalmente. Va a ser Nadine la que va a obrar tal prodigio. Me la encuentro en el puerto, bajo la lluvia.
 

Yo me cobijo bajo un cobertizo que hace de terraza de un restaurante. Todavía no hay clientes, ya que son las once y hasta las doce no se suelen presentar los primeros comensales. Nadine ya conoce bien su lluvia bretona y ni se molesta en cobijarse para eludirla. Es algo muy comprensible; está en su casa y, si se moja, se puede ir a duchar, secar y cambiar de ropa. Yo no. Voy con lo puesto, y el recambio en mi mochila. “Los bretones sabemos que la lluvia forma parte de nuestro paisaje. La hacemos frente. No nos escondemos.” Hablamos. Yo, bajo techo, le cuento cosas de mi viaje. Surge la pregunta que ya me hacían en Portugal: “¿No tienes miedo?”, cuestiona Nadine. Y yo le relato algunas experiencias de todos mis viajes, y añado: cómo vivimos en un mundo del temor, cómo nos protegemos con infinidad de medidas de seguridad, cómo los medios de comunicación nos ofrecen imágenes para que tengamos miedo, maximizan lo peor del mundo: guerras, asesinatos, etcétera, que no dudo que son ciertas, pero que no es toda la realidad. La bondad del mundo no es noticia. “Medios y miedos” tienen las mismas letras. Los miedos colectivos, fomentados por los medios, sólo individualmente tienen remedio. Entonces Nadine me dice: “Estás protegido por tu confianza en las personas. Tu confianza te protege”. Creo que estos pocos minutos de charla han bastado para que esta bretona, que apenas me conoce, que está demostrando ser bastante psicóloga, haya detectado una de mis mayores virtudes como caminante, que es la que me está permitiendo disfrutar tanto estos últimos veranos de mi vida. Es probable que esta afirmación de Nadine: “Tu confianza te protege”, pase a ser la frase del día o, quizás, de todo este viaje. Soy consciente de que al caminar solo, voy muy vulnerable. Cualquiera que desee hacerme algún mal, tiene todas las oportunidades parta hacerlo pero, ¿tiene algún sentido atacarme?, ¿van a obtener algún beneficio con ello? Yo no puedo contar más que experiencias positivas de comportamiento de la gente con la que me voy encontrando en el camino. Basta con hacer un repaso hacia atrás en este blog. Y podría aventurar que también haciéndolo hacia delante. Incluso las cosas que se podrían calificar de perjudiciales para mí pueden tener, y la tienen, una lectura positiva una vez superadas. Para podernos expresar con cierta fluidez, ha sido una suerte que Nadine supiera algo de castellano. Ha dejado de llover. Salgo del cobertizo. Me despido de ella y, ahora, continúo mi camino. Voy igual de vulnerable que antes, pero más reconfortado o fortalecido con la frase revelada. ¡Gracias Nadine! ¡Hasta siempre!

La Chapelle Sainte Anne.
Voy paseando por el puerto de Doêlan. Si antes he pasado por el faro guía de los barcos, por el de color verde, ahora veo al otro lado el rojo. Después del puerto se me ofrecen dos opciones y elijo la de la capilla de Santa Ana. No fue tan mala la experiencia de Sainte Anne d’Auray. Tras preguntar en un cruce, consigo llegar a ella.
 

En realidad, más que funcionar como capilla, la han destinado a lugar para exposiciones. Saco foto del exterior, de proporciones armoniosas, y entro en ella. En realidad, lo que se nos muestra, son fotos del mundo agropecuario, que también es creación divina para los católicos. Desde la puerta saco foto del interior, y observo que hay un chico en una mesa que ofrece explicación de lo que se exhibe. Además de las fotos hay una muestra selecta de plantas.
 

El artesonado, la cubierta de la capilla, es una construcción en forma de barca invertida, algo similar a lo que ocurre en el santuario de Arantzazu, en Gipuzkoa, aunque allí es más grande, más espectacular. Se lo comento al muchacho. Me acabo de enterar que en Le Pouldu hay una casa Gauguin. ¡Qué pena no haberme enterado antes! El joven me lo confirma. “Es probable que hoy, al ser la Fiesta Nacional, estuviera la casa cerrada”. Eso me consuela. Aunque habría sido bonito empezar el día viendo cuadros del pintor Paul Gauguin. Vista la exposición, me despido del amable joven recepcionista y me voy.

Una casa bretona actual
y algunos encuentros puntuales.
Al salir, me detengo en una casa de nueva construcción que, manteniendo algunos parámetros de la casa bretona y deformando otros, un techo bajo circular, ¿un horno de pan?, como ejemplo, incorpora modernidades, como lucernarios en el tejado, algo inconcebible en casas que de tiempo inmemorial se concibieron para prevención contra las inclemencias del frío, el viento y la nieve, y que protegen al que vive dentro de ellas, pero que son tan poco protectoras para el caminante, al no tener ninguna cubierta ni voladizo hacia el exterior que le defienda de los aguaceros.

Voy distraído escribiendo en mi hoja de anotaciones y, justo al lado de la casa, veo a un hombre mayor, con el que me pongo a hablar y al que comento que vengo andando desde el País Vasco y con intención de llegar a Bélgica (aunque ese proyecto ya va a quedar pronto definitivamente descartado). Y el hombre alucina. Ya en la explanada, a punto de coger el camino, veo un coche con matrícula D de Deustchland y hablo con un matrimonio austriaco que va con botas y bastones, pero que me parece demasiado pertrecho, pues sólo van a dar un paseíto. No se creen que con el atuendo que llevo pueda estar haciendo el recorrido que les digo que estoy haciendo. Cuando les añado que mi intención es llegar a Bélgica, su admiración crece.
 

Encuentro algunos lugares cerca del acantilado en que pone “Danger”, sin ser peligrosos y no haber ninguna razón para ponerlo, sólo exigen un poco de atención y que el que camina no sea un atolondrado. Si aquí fuera necesaria esa señal de peligro, debieran ponerla en todo el camino costero, cada diez metros. En el camino no se ve apenas gente, quizás sea por la hora, pero encuentro a matrimonio con dos hijos.

Ella es la fotógrafa y yo aprovecho a los hombres para sacar una bonita instantánea con sus figuras sentadas en las rocas y recortadas en el mar rompiente. Digo a la mujer que la que yo he sacado es “très jolie” (muy bonita).












También una bonita y estrecha falla, por la que se entremete el mar. Es así como voy llegando a otro entrante de mar que me va a obligar a dar un pequeño rodeo. Así llego a Port Merrien. Vuelvo al acantilado, tras dar esta vuelta por entrante marítimo-fluvial.
 
 
 






Buscando lugar para comer.
El menhir de Bellevue.
Está llegando la hora de comer y, aunque el sendero es magnífico, por aquí no va a florecer ningún restaurante, así que decido salir hacia población. Salgo a una barriada de casas. 


Un matrimonio que va a montar, o que acaba de bajar de un coche, me dice que el único café en Port Merrien está cerrado y que debo seguir tres kilómetros por interior si quiero encontrar restaurante.




Inicio la marcha y, al llegar a un cruce pido ayuda a una pareja de ciclistas. No saben, y opto por continuar la misma dirección que llevo. En las casas ondean lo mismo banderas francesas como bretonas.
 
 
Pasando por un prado, un caballo me mira, levanta la cola sin ningún pudor y caga. Lo acepto como una ofrenda al caminante. ¡Gracias caballo, libre y feliz! Otra mujer quiere darme una respuesta más selectiva y me pregunta si lo que quiero para comer es: “cocina convencional, tradicional, o bretona”.

 
Tanto sibaritismo me obnubila y le aclaro que lo que quiero es “manger” (comer) lo que sea. Me dice: “Sigue dos kilómetros más”. Ya son cinco los kilómetros y pasan las 13:30 h. Salgo a camino ancho ya pasado Moëlan. Me entretengo en ver el menhir de Bellevue.

Le Garzon, en Moëlan-sur-Mer.
Son las 13:45 h y decido retroceder hacia el pueblo y pronto veo la señal de Au Pressoir de Garzon. “No sabía que el Juez Garzón tuviera aquí un lagar”, bromeo para mi coleto. Me reciben bien. No parece que sea demasiado tarde. Todavía están empezando a atender a los clientes de las dos mesas más próximas a la mía. En una comen adultos todavía jóvenes, dos chicos y tres chicas, con niño o niña de sillita, que ya comienza a balbucear.
 
En la otra, un matrimonio joven con niño de 8 años que, enfrente, tiene a otro de su misma edad, Rafik, argelino y que, a su izquierda, tiene a un señor mayor y, a su derecha, a una mujer con la cabeza cubierta por pañuelo. El hombre podría ser el abuelo de los dos niños y ella, la madre o la abuela de Rafik. Su tez y su pañuelo dan a la mujer apariencia musulmana.

 Rafik muestra su admiración por el Barça y su preferencia por Messi. La mujer árabe del velo, que no le cubre la cara, me da una banderita bretona, un papel impreso por ambos lados, sujeto por un mondadientes. Viniendo por el camino he visto varias de estas banderas ondeando, en día tan señalado, más que la tricolor, en este tramo bretón. La bandera tiene una estructura similar a la americana, con las bandas en negro y blanco y, el recuadro, en lugar de estrellas, ésta nos ofrece once castilletes. o tiendas de campaña, que culminan en una especie de cruz. Todas en negro. Preguntan mi nombre y surgen las dificultades con la jota y la erre. Dirigiéndome a Rafik, le digo que Javier es lo mismo que Xabi (Alonso) y que Xavi (Hernández). Me despido de la familia, pago la cuenta con Visa, 18,25 € y salgo muy satisfecho tanto de la comida como de la conversación con esta familia variopinta. Son las tres y cuarto de la tarde.

De Moëlan-sur-Mer hacia Brigneau.
Sin salir de Moëlan-sur-Mer, encuentro un bonito y perfecto pinsapo que no me resisto a fotografiar y unas sanísimas hortensias en las que predomina el color rosa, pero también con pigmentos azulados.












Así ofrezco una nota colorista en mi blog. Aunque he empezado a caminar por carretera, vuelvo al “sentier côtier” (el camino de la costa), que continúa genial hacia Brigneau. 
 
Llegaré a ver este lugar, que es también puerto, en poco más de media hora pero, un nuevo entrante marino me va a alejar de nuevo del puerto. Echo un vistazo a la costa que ya voy dejando atrás y saco una foto, antes de abordar este entrante de mar que me va a obligar de nuevo a adentrarme por estuario fluvial y, cuando estoy a media altura, me vuelvo a encontrar con la familia a cuyos varones he fotografiado en la costa.
 

Uno de los chavales me dice que también me ha visto en la carretera, desde el coche. Así que es la tercera vez que me ve en pocas horas. Yo estoy deseando llegar a un puente que me cruce al otro lado de este estuario, pero me dicen que no lo voy a encontrar, ya que no lo hay, y que debo continuar hasta que me tope con la carretera. Ellos lo saben porque vienen de allí caminando.




Cuando llego a la carretera, veo una indicación de camino: 1 Km. a la playa de Trénez. Me parece bien y abandono la ruta viaria pero, nada más iniciarlo, veo que la señalización es mala y que, además, hay mucho barro en el recorrido, así que me doy la vuelta y retomo la carretera. No sé por qué asociación de ideas, me llega la imagen de mi madre y voy llorando con gran desconsuelo y hasta con hipos.
 

Nunca me había dado cuenta de que la fecha para celebrar la Revolución Francesa coincidía con la víspera de la onomástica de mi madre. Me viene el recuerdo de aquel recitado que empezaba con: “¡Virgen de la Consolación! La van a llamar a usted revolucionaria”. Frase que tantas veces nos repetía y que procedía de un teatro que representó siendo chica, en cuyo texto se confundía al político Fourier con Heraclio Fournier, el fabricante de barajas de la empresa vitoriana.

Mi madre hacía referencia al As de Oros de la baraja, en el que aparecía, y aparece todavía, el nombre. Es así como llego al lado Este del puerto fluvial de Brigneau, una vez olvidado el camino a Trénez, pero a cuya playa llegaré más tarde.

Costa y playa de Trénez.
Terminado el puerto fluvial de Brigneau y siguiendo por la costa, llego a una playa. Pregunto y me dicen que es la de Trénez, aunque una madre con niña comiendo helado, no ha sabido decírmelo.
 

La información me la dan dos señores. La traslado a la mujer que no lo sabía y me lo agradece. Esta playa tiene en las proximidades un camping y ofrece bandera europea. La playa es de arena y hay gente bañándose. Ofrece dos zonas diferenciadas. Es bonita y tiene rocas. Ya estoy en un punto estratégico y no sé todo lo que me espera a continuación: dos enormes entrantes de mar, el de Bélon y el de Pont-Aven. Pero no vamos a adelantar acontecimientos.


Kerfany-les-Pins.
Me dicen que vienen esos entrantes de mar y que no hay barco para atravesarlos. Cruzar a Port-Manec’h sería la solución que me ahorraría tanta zozobra, pero es tanta la seguridad con que me lo dicen, que no me queda más remedio que creerlo. Sin embargo, sigo confiado, protegido por mi confianza.
 

Pregunto a otros y me dicen lo mismo, así que decido no preguntar más hasta llegar al lugar problemático. Pero llego a un cruce y veo venir a un chaval que camina preparando su caña y su aparejo. Me dice que la única solución que tengo es coger un barco que me lleve a Port-Aven, un barco de línea regular. Al menos esta respuesta ya me ofrece otra alternativa. 

Falta saber horarios de este barco y aunque me lleve muy adentro, hacia el interior, y luego tenga que volver a la costa, al menos me sitúa ya al otro lado del problema. Este barco me quitará la mitad del camino. Cuando llego a la carretera, no sé hacia qué lado tirar y espero a que llegue un chaval con perro y, con la última información, le pregunto: “Bateau para Port-Aven?” y como no tiene ni idea y no quiero que se marche sin sacarme del atolladero, reformulo la pregunta: “¿Port du Bélon?” Y entonces ya me orienta bien. Llego a un indicador de playa de Kerfany y, ya que estoy allí, bajo y me acerco para fotografiarla. En la parte de tierra tiene un murete protector para cuando las mareas son extremas y suben mucho. Este muro protege la zona infantil de juegos, pero saliendo no veo ningún indicador hacia Port du Bélon.


Port du Bélon. Cedric es Jesús II.
Una parejita me confirma que voy bien, siguiendo el camino que había intuido. Una vez en la curva ascendente encuentro a papá joven con niño, y le pregunto si las escaleras me acercan al sentier côtier. Me responde que es mejor que baje por ellas. Agradezco y las cojo, pero en el siguiente cruce no hay indicación y por las escaleras me encuentro de nuevo vendido. Veo una Chapelle que, con foto, sirve para relajarme. Sigo por un pasillo umbrío que me vuelve a sacar a la carretera. Al único que puedo preguntar ahora es a un hombre que tiene conversación larga por “portable” (móvil) y se dirige hacia dentro de su casa para continuarla. Emito un sonido, para que me mire, y le hago un gesto. Termina la conversación, me atiende y me indica, en castellano, que me faltan 10 minutos para llegar. Luego pienso que serán 10’ en su coche, pues yo tardo más de media hora y son ya las 19:15 h, pero al menos, ya estoy en el puerto de Bélon. Allí se vuelve a confirmar lo que ya me habían anunciado. No hay otra solución que ir andando a Port-Aven. Me lo dice un francés, que parece bien informado. Se lo comento a un treintañero que manipula un retel marinero y me dice que ya a estas horas no tengo barco para Port-Aven, pero lo comenta con Cedric e interviene un hombre mayor que, al conocer el viaje que estoy haciendo a pie por sus costas, echa mano de su poderío y da una orden al joven Cedric. Como no entiendo bien lo que me dice, interviene una joven de padre italiano y le pido que me lo diga en francés, pero despacio. Me señala una dirección en que veo a un niño jugando con los amarres y me dice: “Mi hermano viene a buscarte”. Me confirma que me van a pasar al otro lado. ¡Se me abre el cielo! Mi confianza se reafirma con este nuevo resultado. Bajo la rampa acompañado de la chica, donde me van a venir a buscar para embarcar en una sencilla motora, pero debo tener cuidado porque el último tramo de la rampa resbala. Llega Cedric con su motora. Doy la mano a la chica agradecido, como despedida, y también como ayuda para bajar al barquito a motor. Me viene el recuerdo de cuando Jesús me pasó en su chinchorro en Sancti Petri (Cádiz), en 2008, evitándome un montón de kilómetros, pues hubiera tenido que rodear por San Fernando y Chiclana. Por eso pongo en el encabezamiento de este parágrafo que Cedric es mi segundo Jesús. Cuando Cedric me deja al otro lado, apenas han pasado unos minutos, me despido de él agradecido. Le pregunto por algún sitio para cenar y me responde: “remonté la route” (sube por la carretera). 

Desde el otro lado me saluda con la mano la hija del italiano y hermana del barquero, y algún otro que está con ella y que desde aquí no distingo. Saco una foto de Cedric, con su barca, a punto de llegar al otro lado. He cruzado el obstáculo y creo que ya está todo el problema resuelto, pero sólo me han facilitado el primer tramo, todavía estoy en el lado Este de L’Aven. Cuando leo los primeros indicadores de carretera, se me vuelve a bajar la moral. Pero será por poco tiempo.
Cena en el Bistrot de Rosbras (Riec-sur-Bélon).
Aunque me queda sin resolver el otro tramo, la hora, las 19:30 de la tarde, ya me va indicando que lo prioritario del momento va a ser la cena. Un cruce me ofrece dos alternativas, una es Riec-sur-Bélon, que está muy al interior, pero que sería un paso intermedio para llegar a Port-Aven y, la otra Rosbras, que está en el lado Este de L’Aven. Me decanto por esta última opción, pensando que es la mejor decisión, y siempre con la esperanza de que se vuelva a obrar el milagro. Un cartel indica que la distancia a Rosbras es de 3,5 Km. No tardo en llegar a un café, no dan cenas, pero el barman me dice que a 2 Km. hay una crepería, en Rosbras. Llego a la crepería antes de lo esperado. Hay varias mesas libres. Un camarero está tomando nota en una mesa de cuatro o seis comensales. Le hago una seña de que soy “sólo uno”. Viene y me dice que está completo y que las mesas libres están reservadas. Me sorprendo a mí mismo no insistiendo, no mendigando un hueco. Se ve que sigo estando confianzudo. Ni siquiera me despido del camarero y me voy. Visto en la distancia, ha sido lo mejor que he podido hacer. Voy a tener mejor opción más adelante. Estoy llegando al Port de Rosbras. Tres coches aparcan 200 o 300 metros antes de llegar, ya que la calle que sigue es estrecha y está prohibido circular por ella. Resulta que los que bajan de los coches van al mismo restaurante que yo, no hay otro, y yo les cojo la delantera. Ocupo la única mesa que queda libre en la terraza. El menú que ofrecen en el Bistrot es de 20 € y yo prefiero un plato de carne+salsa de pimienta+patatas al horno+lechuga, que me costará 16,50 € y que pago con Visa. Un poingter me mira con cara de deseo de que le dé algo, pero el gordo de la carne se lo llevará el perro grande de la casa que tiene más experiencia y anda más espabilado. Me atiende Lionel, que va a ser el segundo benefactor de este tramo del camino. Hoy han sido muchos los intervinientes que me han mejorado el día: Jenny/Kerstin-Johanna/Lena-Nadine-Cedric-y ahora Lionel, sin olvidar la familia de la comida en Garzon y demás ayudas puntuales, como el encuentro fluvial con la familia a cuyos varones he sacado foto en la costa. Después de contarle el recorrido que estoy haciendo y de transmitirle mi deseo de pasar al otro lado de L’Aven, Lionel me pregunta si he comido en la crepería de Moëlan-sur-Mer, pero al enseñarle la nota de Garzon, me dice que ya conoce el lugar. Lionel me confirma que no tengo barco y que, si quiero pasar, que pregunte mañana si alguien me quiere llevar, pero nunca antes de las once o las once y media. Le digo que soy tempranero y que, para esa hora, ya he subido a Port-Aven y estoy en el otro lado. Ante esta respuesta tan farruca, se ve que Lionel se está cuestionando ofrecerme otra mejor. Así, en una de sus visitas a las mesas, puesto que las que sirven los platos son otras mujeres, Lionel se acerca a la mía y me dice: “Cuando acabes de cenar, me lo dices”. Nuevos bríos. Más esperanzas. Más confianza. ¿Qué me propondrá Lionel? Los clientes de las mesas de mis dos lados, acogen con gusto el calorcito de las dos estufas que penden sobre nuestras cabezas y yo me sitúo en medio para que no me lleguen los rayos caloríficos de ninguna de ellas, o que sean lo menos calurosos posibles. ¡Que estamos en pleno verano! Es Bretaña, no el Polo Norte. Hablo con los de la mesa de mi izquierda pero, con mi reducido oído izquierdo, me arreglo mal para entenderles. Pago en cuanto termino de cenar y, aunque en la tabla ponía que mi filete costaba 18 €, me sale todo por 16,50 €, que pago con Visa. La chica tarda en traerme la máquina para hacer la transacción, pero finalmente llega y todo marcha rápido y bien. Ya estoy listo y expectante para ver que me propone Lionel. Le informo que estaré escribiendo hasta que él me diga que lo deje. Será por poco tiempo. Lo interrumpo rápidamente, porque se acerca a la mesa con un remo y me dice que nos vamos.

Lionel, mi Jesús III.
Un remo induce a barco y a paso al otro lado. Vamos al embarcadero. Allí hay dos hombres, una mujer, un niño de 8 años y un bebé que se atraganta con el biberón. Muchos mimos para compensar sus quejas. Me despido de ellos. Lionel acerca su chinchorro, al que debiéramos haber achicado el agua previamente. Yo saldré con las sandalias empapadas de agua y a él le va a ocurrir lo propio en sus deportivas. Me dice que monte y lo hago en el fondo, donde él me indica. Luego entra él. Se le ve que maneja mal la barca, no con demasiada pericia. Con algo de sorna, aunque no sea correcto hacerlo con mi benefactor, le pregunto si es profesional del remo. Se ríe y lo comenta a unas chicas, las camareras, que están arriba en el muelle y que también se ríen. No es un experto timonel, pero Lionel pone todo lo que sabe, todo su empeño, para pasarme al otro lado de L’Aven. Me responde que no es ducho remando, y menos con un solo remo. Se pone de rodillas sobre el asiento de proa y veo sus botas deportivas empapándose en el agua del fondo de la barca. Me da la espalda y le fotografío, a la par que a sus admiradoras del puerto. En el torso de la camiseta se lee Brooklyn y a mi me viene a la cabeza el título de una película que pude ver en mi niñez: “Un ángel pasó por Brooklyn” en la que, quiero recordar, trabajaban Peter Ustinov (famoso desde su Nerón, en Quo Vadis?) y Pablito Calvo (nuestro entrañable Marcelino Pan y Vino). No sé si por Brooklyn pasó algún ángel, pero para mí, este Lionel, que lleva ese nombre de city americana escrito en la espalda de su camiseta, ya lo es. “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes solo que me perdería.”, rezaba de pequeño. Y debería añadir: “Si me pasas el Aven, te lo agradecería.” Y hasta le podría ascender de categoría: Mi arcángel Lionel, pues su nombre tiene final arcangélico, como Gabriel, Miguel, Rafael, Uriel (éste es nuevo para mí y lo veré en Copenhague). También Luzbel, pero fue el ángel caído que se convirtió en el demoníaco Lucifer. Y si Lionel no es nombre de arcángel, al menos lo es del mejor jugador de futbol del mundo, Lionel Messi que, en estos momentos no es nombre a desdeñar y, muy probablemente, prolifere en registros civiles y pilas bautismales, a partir de estar en el Barça y ser un jugador tan magnífico Muchos padres y padrinos lo pondrán a hijos y ahijados. Ha pasado poco rato desde que la motora de Cedric me cruzara el Belon y, de nuevo, rememoro al Jesús de Sancti Petri. Me encuentro seguro en este inseguro chinchorro que hace aguas, pero no sería extraño dudar de si vamos a ser capaces de llegar a puerto. Yo no voy más que de fardo. Poco o nada puedo hacer para ayudar. Es Lionel quien pone todo el fuego en el asador. Aunque inexperto, tiene mucho interés en solucionarme el problema. Y lo hace a las mil maravillas. Me ha asegurado que ya no voy a tener más obstáculos en mi camino hacia la costa, al menos hasta Concarneau. Llegamos al otro lado. El acceso es por escalera. Más seguro que la rampa verdecida por la que antes he montado en la motora de Cedric. Para no olvidarlo, escribo el nombre de Lionel en mi papel auxiliar.


Yo creía que Lionel se iba a quedar a este lado, pero veo que inicia la maniobra para su regreso pues, me dice, vive encima de su restaurante. Sólo ha venido a este lado para traerme. Le agradezco y se va, remando de nuevo. Se va contento, tras haber hecho su buena acción del día. Lo que ya no puedo asegurar es si va a ser capaz de llegar a su destino. Saco una foto en su regreso, siempre de espalda, a mi arcángel de Brooklyn.

Anochece en Kerdruc.
Subo a zona donde hay restaurante y un edificio desvencijado donde todavía se puede leer: Auberge de l’Aven. Está destrozado y en venta. Aunque tiene la puerta abierta, no invita a entrar. Dando un rodeo, por detrás del edificio, veo una parte a cubierto y ya he elegido el lugar donde voy a dormir, cuando me asomo para ver el puerto y veo a Lionel que todavía sigue con su remo peleando por llegar al otro lado, aunque ya está cerca del embarcadero. 

Prácticamente ya ha llegado y podrá descansar de la fatiga y de su proeza. Tengo que hacer una reducción de la foto, para que se le pueda ver en los últimos metros. Las chicas le siguen esperando. He dejado antes mi mochila en el lugar en que voy a montar mi cama y sacado una foto del lugar para el recuerdo. Ambas fotos van a ser las últimas de esta mi primera jornada en Finisterre. Un matrimonio me ha visto llegar y utilizan sus prismáticos para controlarme desde su balcón. Hay un muro que no les deja verme con nitidez y creo que es el hombre que luego se asoma por un pretil cercano para ver qué estoy haciendo allí. No las tiene todas consigo y quiere dormir tranquilo esta noche. También se asoma un gato. Va a ser una noche placentera. Mañana sabré que estoy en Kerdruc, cuando obtenga un mapa más detallado de la zona en que estoy, patrocinado por la conservera la belle-iloise, con gran detalle de estas dos rías o entrantes de mar que, sin ninguna duda, los nórdicos llamarían fiordos. Por la costa abarca desde la Pointe de Kerhermén en el Este, hasta Kercanic, en el Oeste. Como se ve, poco trecho pero muy accidentado geográficamente. También empiezan a proliferar los nombres que empiezan por el Ker bretón. Mañana atravesaré esa costa y tras visitar dos playas nudistas, llegaré a dormir a Concarneau. Queda así perfectamente justificado que no haya podido llegar hoy hasta allí. ¿Qué habrán hecho las austriacas? Mientras estoy acostándome, por dos veces, se asoma una lavandera. Se pasea, mueve su larga cola emplumada, y se va.

Balance de la jornada festiva del 14 de Julio.
Ha sido un hermoso día de la fiesta nacional francesa, aunque se haya asomado la lluvia, del que destaco el encuentro con Nadine, por lo que me ha descubierto de mí, y las dos ayudas fundamentales para los pasos de Bélon y L’Avent, la de Cedric y quien le mandó que lo hiciera, y la de Lionel, por propia voluntad, respectivamente. Bonitas las risas de las alemanas Kirsten y Jenny y el buen desayuno de Le Pouldu, así como el arranque con las austriacas, hija y madre, Lena y Johanna. Bien desayunado, comido en el lagar de Garzón y cenado en el Bistrot de Rosbras. Y, como me ha dicho Lionel, a salvo de accidentes geográficos hasta Concarneau. En Irun miraré en Internet y aparecerán más nombres de arcángeles. Hay hasta siete, pero los tres restantes, en un lugar encuentro con los nombres de Berachiel, Jehudiel y Saetiel, y en otro con los de Jofiel, Samuel y Zadkiel. ¡Que venga Dios y lo aclare!